Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de fútbol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de fútbol. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de junio de 2011

DE REYES Y PRÍNCIPES (Cuentos de fútbol)

Todos sabéis que de vez en cuando pongo un cuento futbolístico en este blog. Este cuento, dedicado a River, creo que es el mejor momento para ponerlo y que los que no lo hayan leído lo disfruten. En estos días de zozobra, convulsión  desencanto e, incluso alegría en según la parte de la Argentina en la que estés, es bonito recordar grandes jugadores que han pasado por "Los Millo". Pronto River volverá al sitio que le pertenece, la máxima categoría, porque sin él, no solo pierden sus aficionados, pierde todo el fútbol argentino. Va por River:

Los domingos a media mañana toda la familia sabía que tenía que estar lista para emprender el viaje a la casa del abuelo. El camino no era mucho pero a mi me parecía tan largo como largos eran los asientos de aquel Falcon 66.

Cuando llegábamos yo era el primero en bajar para sentir el olorcito y adivinar lo que la abuela estaba cocinando. Siempre eran ravioles, salvo los 29, pero a mi me gustaba gritarlo desde la puerta para que el abuelo se diera cuenta que habíamos llegado.

La puerta siempre estaba abierta y yo corría a buscar al abuelo para que sus manos enormes me alzaran llevándome como un avión. Un bombardero que desde sus brazos era el primero en mojar el pan en la salsa que todavía se estaba cocinando. La abuela hacia como si se enojara y en seguida me revolvía toda la cabeza con las manos enharinadas.

Los domingos no solo era el día del fútbol, único tema para la sobremesa, era también el día de River. Las mujeres preparaban el café mientras yo me aburría escuchando a papá y al abuelo hablando durante horas de quien sabe qué personajes de la historia futbolera.
El abuelo nombraba siempre a un tal Bernabé y papá se le reía cuando decía que jugaba de centrofoward. Decía que el mortero de no se dónde, que la fiera no se qué...Después hablaba de un tal insai que se llamaba Moreno y en seguida como quien estudió una poesía de memoria empezaba a recitar: Barrios, Vaghi y Ferreyra, Yácomo, Rodolfi y Ramos, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. De tanto en tanto se oía un Beto Alonso, un Passarella y un J.J al que el abuelo respondía con no se qué Saeta rubia, un tal Pipo Rossi y un Amadeo que parece que se atajaba todo.

Entre esas cosas raras que decía el abuelo como: centrojás, win o fulbác, aparecían los nombres de Artime o de Ermindo Onega. ! Qué jugadores ! decía mientras levantaba los brazos como festejando un recuerdo. Después venía el retruque de la mano del pato Fillol y los goles de Ramón, la patada del Mencho, la fuerza del búfalo Funes y una lista de no se cuantas campañas, copas y golazos. Del equipo del Bambino, de la gloriosa máquina y de aquellas tardes donde el Monumental estallaba en alegrías. Los dos hablaban de esa franja roja que cruza el pecho blanco. Esa franja que venia como herencia igual que el apellido.

Esas charlas eran eternas y a los dos se les escapaba un brillito especial de los ojos.

Recién ahora, después de varios años, puedo entender de que se hablaba en esas sobremesas, porque cada vez que voy a la cancha y lo veo jugar al Enzo no veo la hora de que llegue el próximo domingo para sentarme a hablar de fútbol con mi viejo y el abuelo.

JOSÉ M. PASCUAL

lunes, 6 de junio de 2011

NO LE HAGAS PENAL (Cuentos de fútbol)

-¡No le hagás penal! ¡No le hagás penal! -le grité desesperado al Cabezón pero ya era tarde. Su pierna izquierda barría sin ningún pudor al rapidito de Baralo. Y Martínez, como nunca, siguió la jugada de cerca y pitó la infracción: Penal. ¡A llorar a la iglesia! El Cabezón no entendía por qué semejante enojo de mi parte, por qué lo puteaba sin parar:

- Vamos ganando 3 a 0 fácil y el partido ya se termina, Flaco. ¡Tanto quilombo por un penal!

¿Qué le podía explicar? ¿Que prefería el gol de una, de jugada, que de penal? ¿Que yo sabía que el que lo iba a patear era el mismísimo Lucero? ¿Que estuvo todo el partido esperando una oportunidad como esta? Nada, no le dije más nada. ¿Para qué? Si igual, no hubiera entendido un pomo.

Me fui hacia el arco, resoplando un poco, mucho, manoteé la toalla y me sequé el sudor de la frente. Hice algo de tiempo, miré los rostros de la gente en la popular y no me di vuelta hasta que los silbidos confirmaron lo que sólo yo sabía. Lucero quería patear el penal. Giré y lo vi venir. Avanzaba lento y seguro. Se abría paso entre los suyos buscando la pelota, sin escuchar a nadie, sin mirar a nadie. Los ojos clavados en mí.

“Otro arquero patea penales”, dirían en las radios. “Como Saja, Rogerio Ceni o como el mejor de todos: Chilavert”. “¿La primera vez que patea un penal Lucero?” preguntaría algún relator. “Si, si, la primera vez”, respondería el comentarista con cierto miedo a equivocarse, un poco perdido, inseguro, hurgando entre su memoria, sus apuntes y sus estadísticas.

“Estamos presenciando un momento único, señoras y señores”. El relator intentaría darle un poco de fantasía a su transmisión. “El enfrentamiento entre el maestro y su discípulo, ¡entre la juventud y la experiencia!”. Palabras más, palabras menos le contarían a la gente lo que la gente ya sabe: que fui el suplente de Lucero durante 7 años; que él ya tiene 36 pirulos y yo apenas 25; que seguramente él me enseñó tooooodo lo que sé; que hace tan sólo 3 meses Lucero rescindió su contrato y se alejó del club en el que jugó todo su vida sin explicar demasiado por qué; que la vida nos hizo muy amigos y ahora, con esas cosas que tiene el fútbol, nos pone frente a frente y bla, bla, bla…

“¿Me pareció a mí o no se saludaron Donato y Lucero?” deslizaría cargado de intención algún comentarista. “Es cierto, muy cierto. Bueno, convengamos que siempre se corrió el rumor de que las cosas no terminaron bien entre los dos”. Acotaría un cronista que informa desde el campo de juego. “¡No me diga!”, se haría el tonto el relator. “Pero ¿Usted sabe algo, mi amigo? Es llamativo, ¿no? Lucero nunca pateó un penal y justo se le ocurre patear ahora, contra su ex club, frente a su ex suplente y amigo. Mmm… Algo pasó”. “Dicen que entre ellos hubo un asunto de polleras”.

“Lo noté nervioso a Lucero”, arrancaría el relator de otra transmisión. “Y, éste no es un partido cualquiera”, mencionaría su comentarista. “Ahora no”, se apuraría a meter un bocadillo el cronista de abajo. “Ahora el que parece nervioso es al Flaco Donato”.

¿Cómo no iba a estar nervioso? Nos enfrentábamos Lucero y yo. Afuera podían estar diciendo lo que quieran pero los únicos que sabíamos la historia éramos él y yo. No, miento: él, yo y Claudia. Justamente Claudia. Ella estaba en la platea. En el lugar de siempre, en el asiento de siempre, el mismo asiento desde el que alentó a su ex, el mismo asiento desde el que me alienta a mí. ¿Qué habrá sentido? Ni idea, jamás le pregunté. Mejor dicho, jamás quise saberlo. En ese momento tampoco la busqué con la mirada. ¿Para qué? ¿Para ponerme triste si descubría que lo miraba a él? No tenía sentido. Traté de concentrarme en la pelota, de adivinar cuál sería la opción que elegiría Lucero. Media cancha lo puteaba pero a él no le importó. Él quería hacerme un gol a mí, no a ellos, no a su ex club. ¿Y yo por quién atajaba? ¿Por el club, por mí, por él o por ella?

No lo tuve claro. Dudé. Tal vez por eso fue gol. Lucero no lo gritó y yo preferí ir a buscar la pelota adentro, pelearme con alguno, cualquier cosa con tal de no mirar a la platea, con tal de no enterarme nunca si Claudia festejó el gol.

PABLO PEDROSO

viernes, 8 de abril de 2011

POR ELLA (Cuentos de fútbol)

Ahí va ella, otra vez, con su andar de siempre. ¿Quién puede resistirse a su caminar apasionado?
Los muchachos se pelean por tenerla aunque sea un instante para demostrarle que nadie la va a tratar mejor. Pero ella va sin más deseos que el de ser acariciada, sin mas deseos que el de ser respetada por lo que es.
Pisando la tierra, levantando polvo o rodando por el pasto fresco , siempre cerquita del que la sepa seducir.
La infaltable de los sueños de pibe, la que cambia el ritmo de nuestros corazones, esa que tiene reacciones impensables y que es el centro de todas las miradas. La que hace detener los autos cuando sale a la calle, la que por un simple antojo puede cambiar la historia de nuestras alegrías.
Ella te da todo y nada, ya la conocemos, no le pidas promesas. Solo quiere que la traten como se merece, busca al que sabe, al que la quiere de compañera, al que le jura amor eterno sin tratar de cambiar su personalidad infiel.
Es que no se sabe quedar quieta y si la obligan se resigna esperando al que con encanto la invite a bailar. Si se lo sabes pedir hace lo que quieras, pero no es fácil, tiene su carácter y a veces sin importarle el momento, suele hacer bromas para las que hay que estar bien preparado.
Es tan sensible que siempre nos pide lo mejor de nosotros y solo ahí se dispone a mostrar lo que es capaz de hacer.
El precio de llevarla al lado es la obligación de conocerla bien y estar siempre listo para cualquier cosa.
Esa que extrañamos tanto cuando no llega y que cuando la tenemos deseamos no defraudarla para que se quede el mayor tiempo posible. Esa que se enoja si la dejamos afuera o llora cuando deja de ser el centro de la fiesta.
Es que sabe bien que no puede faltar, simplemente porque es ella la que enciende la pasión de los que se reúnen para verla.
Su espíritu es travieso y alegre, no importa si esta vestida de trapos viejos o de fino cuero, no le interesa si con ella te va la vida o el honor, lo único que quiere es divertirse.
Te puede llenar de tristeza y al instante llenarte de alegría.
Amiga inseparable de los más famosos reyes y príncipes sin olvidarse de los que están del otro lado del alambrado palpitando sus movimientos.
Sin ella no podríamos recordar esos momentos únicos, sonrisas que no caben en la cara, dolores que no se pueden disimular, vidas enteras que su mágico girar cambio para siempre llenándolas de historias inolvidables.
No tiene secretos, ella misma es un secreto. Un secreto que solo pueden descubrir los que saben que ella es la protagonista y le agradecen su presencia en cada beso. Esos que saben que su seductora forma no sabe resistirse al que con mágica poesía sepa llevarla hasta el altar.
Si nos habrá hecho trepar alambrados, saltar paredes, y hasta subir a los árboles haciéndonos prometer que íbamos a tener más cuidado la próxima vez.
Ella guarda en su corazón la imagen de todo el planeta, nos hace tocar el cielo y a veces morder el pasto.
Es la del barrio pobre, la de las copas, la del patio de la escuela, la del mundo.
El juguete favorito de los que perdemos noción de tiempo y lugar cuando ella nos invita a su ritual.
La que puede transformar al baldío en el estadio Wembley o al partido de la cortadita en el clásico de los clásicos.
Esa que alguna vez pedimos para el cumpleaños o para reyes y que cuidamos con el orgullo de creernos su dueño, tratando de que no se moje, cuidando de que no le falte aire y hasta llevándola al ladito de la cama para soñar juntos con la jugada perfecta.
Esa que compartimos con los amigos y que queremos demostrar a los demás que nos quiere más que a nadie.
Es que ella nos acompaña desde siempre y aunque a veces se rinda a nuestros pies simulando estar loca por nosotros, somos nosotros los que estamos realmente "locos por ella".
JOSÉ M. PASCUAL