Cuando escucho música no necesito dos tetas que se muevan y
un culo que se contonee. Necesito una canción que me conmueva. Por eso, me
alegro de los Grammys de Adele. Por su voz y sus canciones.
Con esto no quiere decir que tengamos que hacer una cruzada contra
los guap@s del gremio (en los que yo me encuentro, por supuesto) porque
disfruto exactamente igual con Adele que con Alicia Keys pasando por Robbie
Williams. Pero, ¿quién dijo eso de “al pan pan y al vino vino”? Pues venga
señores, la modelo a la pasarela y la cantante al disco.
No vamos a negar lo mil veces evidente: la belleza abre mil
puertas (y piernas) profesionales, pero lo que no nos cuentan es por cuánto
tiempo. ¿Cuántas div@s de mercadillo han durado dos asaltos? Por suerte, a
veces, se necesita de “algo” más para mantenerse vivo flotando en la platea. Y
cuando hablo de platea me refiero a una platea extensa, que abarca desde la
fábrica de extrarradio más recóndita al plató de televisión deslumbrante.
La música es otra profesión más y, por encima de caras
bonitas (qué está muy bien que las haya), no hay que perder el norte.
Así que un olé por Adele.
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